El acto conmemorativo por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, presidido por Javier Milei en la Plaza San Martín, genero un gran desencanto que no pasa desapercibido. Se esperaba una reafirmación vigorosa de la soberanía nacional que se diluyó en un discurso que, aunque cargado de referencias a la libertad y la prosperidad, careció de la contundencia que un tema de esta envergadura reclama. El Presidente optó por un énfasis libertario, pareció más un ejercicio de conciliación que una defensa firme del histórico reclamo argentino.
Javier expresó que desea que los habitantes de las islas, a quienes denominó “malvinenses”, “decidan votarnos con los pies”, sugiriendo que la recuperación del territorio depende de una elección voluntaria de los isleños, atraídos por un país próspero. Esta postura, que algunos tildaron de ilusoria, chocó frontalmente con las expectativas de quienes aún llevan la guerra en su piel. En rigor, se trata de la postura histórica de Reino Unido. Precisamente.
El timing de este enfoque resultó particularmente inoportuno. En un país donde Malvinas sigue siendo un símbolo que atraviesa generaciones, plantear una solución que delega la iniciativa a los ocupantes del territorio —en lugar de reafirmar el reclamo diplomático con vigor— se percibe como una falta de sensibilidad histórica. La memoria de los 649 caídos en 1982 no tolera ambivalencias, y el discurso oficial pareció subestimar el peso emocional que esta fecha carga en la conciencia nacional.